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Ella, la de los ojos verdes.

A mi princesa de ojos verdes

Durante los numerosos años que conforman mi vida he realizado algunos viajes, siempre que mi bolsillo lo permitía. Soy seguidor del romántico concepto del trotamundos, sabio nómada que ha visto miles de lugares y que tiene tantas anécdotas que contar como para llenar estanterías de material, fantástico o no. Sin embargo, en este mundo real en el que vivimos ya es suficiente difícil hacer valer el dinero de cada mes para la mera supervivencia, como para encima plantearse el conocer todos los rincones exóticos de la tierra de primera mano. No obstante, como te digo, siempre que me lo he podido permitir he preparado una humilde maleta con algunas mudas extras y mis cuchillas de afeitar y me he subido al tren, con un mapa de la zona a visitar y un par de libros que me acompañen durante las horas de espera de traqueteo ferroviario.

En uno de mis primeros viajes decidí echarme la mochila a la espalda y tomar el tren que remontaba toda la costa levantina, en dirección a tierras foráneas. Mi destino, un pueblito francés más allá de los pirineos, bañado por el frio mediterráneo de principios de Febrero. Lo suficiente cerca de mi país como para ser mínimamente accesible y lo suficientemente lejos como para decir que he pisado el extranjero. Por entonces era importante para mí, acababa de terminar los estudios universitarios y quería disfrutar de mi recién estrenada independencia. En cuanto abandoné la pequeña estación, casi desierta y carcomida por la brisa salada del puerto, me dirigí a lo que sería mi hogar en los siguientes seis días: un hotelito cochambroso pero acogedor, de sábanas azules y televisores de tubo.

Tras una corta caminata por el paseo marítimo, camino estrecho que asomaba a unos escarpados barrancos y que serpenteaba entre rocas salpicadas de musgo, me encaminé a conocer los locales del pueblo y a observar las vidas de los vecinos, tan poco acostumbrados a compartir las calles con turistas en esta época tan fría del año. Me arrebujé en mi abrigo mientras me adentraba en el gentío que poblaba el mercado colocado en la plaza mayor del pueblo, con tenderetes a rebosar de pescado y marisco, de frutas y verduras. Pronto el estómago hizo acto de presencia, y la fría brisa me animó a adentrarme en algún local a llevarme algún plato caliente a la boca. Elegí una cafetería que daba a una de las calles que desembocaban en la plaza mayor, con puertas de nogal barnizado y vidrios ahumados. Dentro el aire estaba cargado, pero no de tabaco, sino del penetrante olor a café recién molido, que me dio la bienvenida como a un vecino más. Me senté en una mesita cercana a la barra y pedí uno de los dulces que reposaban en un estante, junto con un café caliente.

Estando enfrascado en la complicada labor de darle vueltas a la cucharilla, alcé la vista para contemplar mi alrededor. Y la vi. Vestida con un sencillo vestido de lana, y cubierto por un delantal, se encontraba detrás del mostrador. Recogía su larga melena oscura en una recatada trenza y mantenía los ojos jade gachos y tímidos, aunque un brillo de viveza y curiosidad la delataba. Me quedé completamente prendado. No me atreví a dirigirle la palabra y cuando pagué mi cuenta y me fui, con las orejas coloradas, solo pude musitar una despedida en un idioma extraño y dirigida a nadie en particular.

Al día siguiente volví a la misma cafetería, aparentemente más decidido tras un buen sueño en la cálida cama del hotel. Pero en vano, pues en cuanto abrí la puerta allí la vi, afanada en sus quehaceres, con los verdes ojos esquivos y curiosos, y la timidez volvió de golpe, haciendo mi lengua torpe y mis gestos lentos, como si de una droga se tratase. Aquel dia me senté en una mesa más apartada, en un rincón íntimo y oscuro de la cafetería, dispuesto a pasar un par de horas tranquilo acompañado de un café y alguno de los libros que me llevé. No tardó en sentarse junto a mi un jubilado simpático con ganas de charla. Conseguimos hacernos entender, en una conversación improvisada entre francés y español. El anciano me contó cómo no había salido nunca del pueblo y cómo había consagrado su vida a la pesca entre las rocas de los acantilados. Recogía cangrejos, lapas y erizos de mar y los vendía luego en el mercado. No le daba mucho dinero, el suficiente para ir viviendo, pero decía que no podría haber disfrutado de una vida más plena. Aún hoy le admiro por su sencillez y su humildad, y por esa sonrisa medio desdentada que no desapareció en las tres horas que estuvimos charlando. 

Insistió en pagarme el café y en invitarme a cenar, y no pude sino aceptar. Mientras mi nuevo amigo pagaba la cuenta, volví a cruzarme con ella, la de los ojos verdes. Había conseguido olvidarla durante unas horas, aun estando tan cerca, y de alguna forma me sentí infiel, aunque nunca habíamos intercambiado una mera mirada. La culpabilidad se desvaneció como el contenido de la botella de vino que descorchamos esa noche, acompañados de la esposa de mi amigo, una señora afable y curiosamente empeñada en que no parase de comer. Me volví al hotel dando tumbos y procurando no resbalar con la escarcha de las calles húmedas. En mi camino pasé junto a la cafetería, cerrada y oscura.

A la mañana siguiente el denso aroma a café me dio una calurosa bofetada de bienvenida y el camarero me recibió con una sonrisa. Me estaba convirtiendo en un  habitual del local. Y ella seguía allí, imperturbable en sus labores, con su largo pelo negro y su vestido de lana azul. Y, un dia más, no pude sino admirar su belleza desde la lejanía y el anonimato del cliente extranjero. Mientras el dueño de la cafetería me relataba cómo hacía unas horas había tenido que lidiar con unos sacos de café en grano rebeldes, me tomé unas tostadas que me supieron a gloria, en medio de la resaca producida por el dulce vino de la noche anterior. Dejé propina y me fui, dispuesto a seguir explorando el pueblo. Sin embargo, en cuanto me dirigí a la puerta, una fuerza irresistible me hizo darme la vuelta y volver a sentarme con los parroquianos. En aquel viaje no contemplé maravillas de la naturaleza, ni grandes construcciones provenientes de la mano del hombre. No visité la espléndida ermita que coronaba el acantilado que daba nombre al pueblo. No recorrí en bicicleta, como tenía pensado hacer, los verdes caminos que serpenteaban entre campos de cultivo. No descubrí callejones perdidos ni regateé con hábiles comerciantes en los puestos del mercado de antigüedades. ¿Qué sentido tenía, si no podía estar acompañado por esos ojos verdes? Aquel viaje transcurrió entre las cuatro paredes de una vieja y oscura cafetería en un pequeño, encantador y soleado pueblito francés. Y puedo jurarte que fueron los mejores dias de mi vida.

La última jornada había llegado y mi tren partía al mediodía. Me dirigí a la vieja cafetería dispuesto a ser abrazado por última vez por su embriagador aroma a café y a despedirme de los habituales, del dueño del lugar, de mi nuevo amigo jubilado. Tras abrazos e intercambio de direcciones para mantener contacto, me planté junto al mostrador para dar una propina más generosa de lo habitual y, por fin, despedirme de ella. Hablarle y decirle todo lo que sentía. De cómo estaba irremediablemente enamorado.

Pero ella no estaba tras el mostrador. Ni ella ni su vestido azul, ni sus ojos verdes ni su larga trenza. Desolado, le pregunté al camarero por su ausencia y sus palabras fueron claras: el dia anterior, a última hora, un caballero llegó, la vio y se la llevó tras unas palabras con el dueño del local. Un apretón de manos y todo sellado. Había desaparecido para siempre. No me podía creer sus palabras y salí de allí mareado y confuso, haciendo caso omiso de las llamadas por parte de los parroquianos. El viaje de vuelta estuvo sumido en el remordimiento y las lágrimas de mi alma torturándose. No podía dejar de pensar en ella, en cómo la había tratado y en cómo la había perdido para siempre. Finalmente, acabé quedándome dormido, y no desperté hasta llegar a mi destino. Llegué a mi hogar con el cuerpo destrozado y aquellas conocidas paredes se volvieron extrañas para mi. Eché de menos más la cafetería que apenas una semana atrás no conocía. La eché de menos a ella. ¿Qué sentido tenía ahora todo? Ni siquiera le pregunté por su nombre…

Y las décadas pasaron, y nuevos amores aparecieron y desaparecieron en mi vida. Y fui muy feliz y tremendamente desdichado. Y finalmente, acabé olvidándome de ella, de su rostro, de sus ojos. Acabó siendo no más que el recuerdo de un viaje de juventud, el típico recuerdo que recibes con una sonrisa nostálgica.

Pero fíjese, amigo mio, que el camino de la vida va por senderos extraños, y se entrecruza con los caminos de los demás. Y créame que yo no creo en el destino ni en la predestinación. Y sin embargo, ya peinando cana, me vino a bien acercarme a cierto mercado de antigüedades en un viaje por Londres. Y entre vinilos polvorientos y relojes de pie a los que nadie les daba cuerda, volví a cruzarme con una mirada conocida. Y de pronto, el mundo se redujo a dos pequeños puntos tan verdes y hermosos como el jade. Ella seguía exactamente igual a como la dejé hace tantísimos años. Su vestido de lana azul había perdido color y estaba manchado, así como su delantal. Pero las trenzas negras seguían tan bien peinadas como siempre y en sus ojos seguía brillando la llama pícara de la curiosidad disimulada. Finalmente comprendí que nunca, aun con el transcurso de tantos años, había dejado de amarla. Me la traje a casa y ahora me acompaña cada día. Sigue desviándome la mirada, pero ya he reunido el valor suficiente como para hablarle. No me responde, pero sé que me escucha. Sé que nunca me abandonará, como mi corazón nunca la abandonó a ella. 

Aún no sé su nombre ni el de su creador, y por mucho que he investigado nadie me puede dar pistas de su procedencia. Creo que lo prefiero, pues el misterio de su anonimato hace que el retrato del que llevo toda mi vida enamorado sea aún más hermoso. Ahora, que tan cerca estoy al ocaso de mis días, todo tiene sentido.